De la afición a la adicción 

Por: Isabel Martínez 

 

 

Hay un antes y un después en mi vida desde que empecé a aventurarme en esto del montañismo. Es el deporte más exigente tanto física como mentalmente para cualquier persona. No sólo requiere de condición física, sino que debes tener una buena preparación emocional y psíquica. Esto no lo saben todos los aficionados que un día- como yo- toman la impulsiva decisión de alcanzar la cima de una montaña.

 

Mi primera vez fue nada más y nada menos que en el Iztaccíhuatl mejor conocido como Mujer Blanca o Mujer Dormida. Jamás imaginé que esa experiencia cambiaría mi forma de percibir el mundo, la verdad es que lo veía como un reto físico más a cumplir y claramente no tenía ni la menor idea de lo que me esperaba.

 

En la lista de lo que tenía que llevar había más ropa que la que yo usaba en un invierno común y corriente. Primera, segunda y tercera capa, doble calceta, gorrito, guantes, goggles o sea: ropa para esquiar, o bueno así lo resumía yo. También incluía botas, crampones- dispositivos metálicos que se adhieren a la suela de la bota para evitar resbalar en el hielo-, piolet, casco y bastones. Para mi buena suerte, una de mis amigas tenía todo el equipo y tuvo la valentía suficiente para prestármelo.

 

Antes de poder arrepentirme ya estaba a bordo de una camioneta con siete extraños, mareada por tanta vuelta en el camino que pasa por las faldas del volcán que conecta la autopista con El Paso de Cortés. Ahí nos registramos y tuvimos por primera vez una visión clara del Popocatépetl, que imponente nos intimidaba con su nieve y el humo saliente de su cráter. El frío ya se sentía en los huesos, y la razón de ser de la chamarra gigante “de esquiar” comenzó a tomar sentido, aunque no por mucho tiempo. Era la una de la tarde cuando nos estacionamos en La Joyita y bajamos las mochilas de la camioneta. Realmente no teníamos muy buena instrucción sobre qué llevar y qué no. Así que nos pareció fácil subir con todo. ¿Todo? Sí, sobre mi espalda llevaba seis litros de agua, dos de gatorade, cuatro tortas, dos bolsas de snacks, chocolates, barritas, tienda de campaña, sleeping bag, el equipo técnico, y todas las capas de ropa ya que hacía un calor infernal y yo me iba a sofocar, eran alrededor de dieciséis kilos.

 

No tardé más de cuarenta minutos en caerme por primera vez y hacer conciencia de lo pasaba. ¿Qué hago aquí? Me pregunté una y otra vez mientras daba cada paso a gallo gallina hacia no sé dónde. El grupo paró en un punto que divide las dos vistas del volcán llamado Primer Portillo, nos explicaron que era el primero de cuatro antes de llegar al lugar donde pondríamos el campamento. Creo que esa fue la primera vez que experimenté el miedo a lo desconocido, a no poder, a tirar toalla.

 

Algo muy curioso que sucede cuando subes una montaña es que pasas por todas las emociones hasta llevarte a tu punto más vulnerable. Desde la ilusión de empezar, la frustración de sentir que no avanzas, el miedo de resbalar, el enojo al volverte a caer, de acercarte cada vez más a la cumbre y darte cuenta que aún falta otra pendiente; la euforia al pisar la cima, de saberte imparable, capaz de todo; humildad al darte cuenta lo pequeño e insignificante que eres en el mundo, sentirte grande al estar en lo más alto y a la vez indefenso, diminuto. Conocer la eternidad en el descenso que no termina nunca, bajar y bajar con todo el peso sobre tus hombros cansados. Para llegar hasta abajo y mirar hacia atrás mientras te comes una sopa de hongos agradeciendo a la vida por haber concluido tu aventura. 

Esa noche al terminar de montar la tienda de campaña en un sitio conocido como Ojo de Buey después de seis horas de caminata, viví uno de los momentos más sublimes de mi vida. El atardecer ante nuestros ojos pintando el cielo de rojo, debajo las nubes y la civilización, frente a nosotros el Popocatépetl y detrás una cima que conquistar.

A las tres de la mañana comenzamos el ascenso por El Jabonero hacia la cima, pasamos por El Refugio de los 100 a 4780 msnm, La Cruz de Guadalajara, hasta llegar a las rodillas del volcán a las 5:50 am donde vimos el amanecer y se partió el grupo en dos. Estábamos a 5050msnm y el agotamiento se hizo notar en algunos que decidieron quedarse ahí mientras el resto seguimos el camino hacia la cumbre. Con crampones y piolet puestos llegamos al Pecho a 5270 msnm a las 9:00 de la mañana. Entre lágrimas de felicidad y cansancio nos abrazamos y aprovechamos los quince minutos en la cima para tomar fotos y recargar energías.

 

Fue ese momento cuando me encontré a mi misma, ahí en ese instante, miré  alrededor y me olvidé de todo. Desde ahí se veía el Pico de Orizaba junto a la Malinche y al Cofre de Perote y si girabas lograbas distinguir el Nevado de Toluca. Me di cuenta que no era nada ni nadie, que los problemas que tanto me quitaban el sueño estaban sólo en mi mente y que mi voluntad era más grande de lo que imaginaba. Si, cinco años de terapia resumidos en un “Subí el Izta”. No era la misma. Con mucha precaución comenzamos a bajar, tomando en cuenta que el final no es llegar arriba sino bajar sin tener accidentes.

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“El atardecer ante nuestros ojos pintando el cielo de rojo, debajo las nubes y la civilización, frente a nosotros el Popocatépetl y detrás una cima que conquistar.”

Tardé un año en regresar, en digerir todo eso que enfrenté allá arriba, cada vez que iba en el tráfico o por suerte la ciudad no estaba llena de contaminación volteaba a verla. Ahí, imponente, llamándome a volver. Y lo hice, pero ahora lo hice con mucho más cabeza. Planeé y me informé, aprendí que mientras más ligero subes menos desgastas a tu cuerpo. Que las capas tienen una razón de ser, que hay que alimentarse bien y mantenerse hidratado. A confiar tu vida en un guía y aprender de él. Sobretodo, aprendí a valorar cada uno de los pasos dados en el trayecto. Porque la cima no es llegar al punto más alto, la cima es la transformación que vives para llegar hasta ahí. La montaña, como la vida, está llena de cuestas y pendientes, de caídas , logros y por eso hay que cuidarla, respetarla y venerarla. 

 

Hoy me siento agradecida por haber pisado las cumbres más altas de México, tengo ganas de más, de seguir los pasos de las mexicanas que han estado ahí en la cima del mundo, Elsa Ávila, Karla Wheelok y Badia Bonilla. Y para eso no queda más que prepararme y no vivirlo como una afición, sino como una actitud de vida. Me han preguntado por qué subo montañas, la respuesta sin duda es y será siempre: es el único lugar donde no puedo escapar de mí. 

 

“La cima no es llegar al punto más alto, la cima es la transformación que vives para llegar hasta ahí.”

 

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