El sol de Cartagena

Por: Macarena Jiménez Estefan

 

 

Una noche de noviembre soñé que García Márquez me invitaba a conocer Cartagena. Como me gusta perseguir mis sueños, dos semanas después aterricé en la ciudad más turística de Colombia. A la orilla del Caribe las olas de turistas se arremolinan en la ciudad amurallada de Cartagena, Bolívar. Las casitas están llenas de colores como si Dios las hubiera sumergido en un arcoiris de frutas frescas.  Las bugambilias salen de los techos y se mueven con el aire como sacudiendose el calor que les deja el sol intenso. De pronto se escucha el galope de los coches históricos guiados por caballos blancos y cocheros negros. Es como un marcapasos para viajar en el tiempo a esa época del amor en los tiempos del cólera y de los cuentos peregrinos.  Entonces, cuando el sol se esconde en el mar atrás de la muralla, los faroles y las sombras de las flores acompañan a los turistas de vuelta a sus hoteles. Caminan con sus sombreros y bolsas tejidas comiendo maracuya y arepas con queso, mientras escuchan la champeta que se cuela entre los barrotes de los largos balcones.  Se supone que se hospedan en el corazón de Cartagena. Pero se equivocan porque el corazón de Cartagena no vive ahí, en el centro, si no que late en las orillas donde vive la gente, más allá del reloj, cruzando la avenida llena de mototaxis y autobuses de colores que avanzan como locos gritando “¡Ternera Socorro, Bocagrande!” Entonces sí, ahí se viaja al corazón de la ciudad. Donde viven los verdaderos cartageneros, los que despiertan antes que el sol para preparar patacones, para vender aguas frescas, para apilar en sus carritos de fruta las uvas y los mangos con pimienta que luego van a vender.

 

Mami Sixta vende patacones y perros calientes afuera de una primaria en Zaragocilla. Yo llego a su casa después de tomar el Ternera y la encuentro sentada en una mecedora, tomando la luz de las estrellas, disfrutando de la falta de sol. Otros días la encuentro barriendo, o lavando ropa, o cocinando u ordenando las cosas amontonadas sobre el único mueble de la casa. Sin importar qué esté haciendo,  me pregunta siempre si comí en el centro y me sirve arroz con patacón, o yuca con queso, y jugo de tomate de árbol. Una vez, saliendo de casa, me preguntó si volvía para la cena. Yo le dije que si le sobraba algo me lo guardara en la noche.  “No te doy lo que me sobra, te comparto lo que tengo” fue lo que me contestó. Nos conocíamos de hace poco, pero nos queríamos como si fuéramos familia. Nunca me faltó comida, menos atención. Mami Sixta despertaba todos los días a las seis de la mañana y pasaba todo el día en la cocina preparando platillos deliciosos para los siete miembros de la familia que vivían ahí. A veces el dinero no rendía para comprar jugo ni refresco, pero mami Sixta encontraba la forma de hacer que la comida alcanzara para todos. Mami Sixta y María me recibieron en su casa como si fuera la mía y me enseñaron a moverme en Cartagena y sobre todo a compartir. Para mi ellas fueron Cartagena y gracias a ellas yo la amé, como si fuera mi ciudad, como si fuera México. Porque volví a creer en la magia, en los cuentos, en el poder de la bondad de las personas.

 

Me dijeron que en Colombia las olas son como esmeraldas derretidas y las casas como dulces de colores, que las artesanías son como historias tejidas y las frutas, manjares. Me dijeron de todo pero olvidaron mencionar que lo más lindo en Cartagena es el corazón de las personas y que ellas me deslumbrarían más, mucho más, que las el parpadeo de las estrellas o que el reflejo del sol sobre el agua caribeña.

 

Restaurantes

Agua de Mar

Calle del Santísimo # 8 - 15 

Erre de Ram

Hotel Las Américas

Anillo Vial, Sector Cielo Mar, Torre del Mar, Piso 10

Club de Pesca

Fuerte de San Sebastián del Pastelillo 

 

Hoteles

San Pedro Hotel Spa

Cl. 10 #67-85, Cartagena, Bolívar, Colombia

Hotel Casa San Agustín

Cartagenita, Cartagena, Bolivar, Colombia

Casa Pombo

Calle del Arzobispado, Cra. 5 #34-14, Cartagena, Bolívar, Colombia

Must do

 

  • Caminar por la muralla al atardecer o verlo sentado en el Café del Mar.
  • Visitar la Plaza de la Trinidad en la noche, donde se juntan los viajeros a compartir historias y cervezas.
  • La esquina de la Salsa en el segundo piso del Quebracanto. Desde ahí se puede ver el muelle y la torre del reloj. 

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A QUIÉN SEGUIR

 

Pablo Cruz es un talentoso fotógrafo  mexicano. En su cuenta de Instagram comparte parte de su trabajo. Destacan sus increíbles fotos que retratan lo vivido el 19 de septiembre en la Ciudad de México y todo el apoyo de los días posteriores, tanto en la Ciudad como en los municipios afectados.  

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·      Bajo el puente de los vientos, de José de la Rosa (romance histórico) 

·      El coleccionista de flechas, de Cristian Perfumo (ficción policiaca) 

·      Los crímenes del lago, de Gemma Herrero Virto (misterio sobrenatural) 

·      El legado de Ava, de Elena Fuentes Moreno (ficción contemporánea)