Muralismo, nacionalismo y el nacimiento del mercado del arte en México

Subasta de Arte Latinoamericano en la Ciudad de México.
 

Por Pilar Alfonso

 

En la primera mitad del siglo XX –impulsado en buena medida por el entonces Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos– surgió en México un tipo de expresión artística que encontró sus raíces en la reivindicación del pasado prehispánico y en la proclamación de los valores de la Revolución de 1910. La obra muralista fue, sin duda, la que mejor reprodujo la vocación de este arte nacionalista; los muros de diversos edificios públicos de México y otros países de América Latina, se llenaron de pinturas que provocaron la admiración y el reconocimiento del mundo entero.

 

En el extranjero, particularmente en Estados Unidos, este tipo de obra generó una fascinación sin precedentes; se convirtió en una manera de acceder al “exotismo” de las tradiciones populares, el folklore y la compleja historia social y política de la raza de bronce, la cual se hizo aprehensible a través de la labor de renombrados artistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros, entre otros.

 

 

Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda central”, 1947-1948. Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical en la Alameda central”, 1947-1948.

 

Así, el arte de vertiente nacionalista del siglo XX empezó a vincularse con dos fenómenos: el mercado del arte y el coleccionismo que, aunque tienen una larga historia en México, nunca habían determinado e incidido tan directamente en la producción artística.

 

La llamada Escuela Mexicana de Pintura, caracterizada por mostrar los tipos, paisajes y costumbres nacionales, se empezó a consolidar en el mercado norteamericano en la década de los veinte y treinta. De esta forma, los grandes del muralismo alcanzaron gran fama y éxito económico, a pesar de su militancia política que se contraponía naturalmente a las convicciones ideológicas de compradores y gestores de arte.

 

David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Diego Rivera fotografiados juntos.
 
Diego Rivera, por ejemplo, llegó a San Francisco, California en 1930. Realizó varios murales en esta ciudad, pero quizá el más célebre es el que le comisionó el Pacific Stock Exchange para su escalinata. Los periódicos locales hablaban de la incongruencia de seleccionar a un artista mexicano con manifiestas tendencias políticas de izquierda para crear un mural en la “ciudadela del capitalismo”.

 

Fue tal la notoriedad de Rivera en este país que en 1931 hubo una retrospectiva de su obra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Ésta exhibición fue la catorceava de este museo y la segunda retrospectiva de un solo artista en esta institución; atrajo a un público muy numeroso, rompiendo récords de asistencia durante las cinco semanas que duró.

Diego Rivera trabajando en los murales del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

 

El crecimiento del mercado fomentó el surgimiento de espacios especializados como los de Alberto Misrachi y Francis Toor, editor de la revista mexicana Folkways, que se cuentan entre los primeros que impulsaron la compra y venta de arte. También la Galería de Arte Mexicano, fundada por Carolina Amor en 1935 y dirigida por su hermana Inés, y el Salón de la Plástica Mexicana, fundado en 1949, se consolidaron como piezas fundamentales del comercio de arte mexicano de buena calidad.

 

 

Desde entonces, el mercado del arte mexicano se ha ido haciendo cada vez más diverso y global. Hoy en día, México es una de las zonas geográficas de más interés para los coleccionistas de arte latinoamericano de todo el mundo. Sin embargo, fue la gran altura estética y profunda vocación social de la obra muralista la que, paradójicamente, puso a nuestro país en el mapa de un mercado que en el 2015 tuvo un valor de 64 billones de dólares.

 

 

Fuentes:

Rodríguez Prampolini, I. (Coord.). (1994). México en el mundo de las colecciones de arte. Volumen 1. México: SRE, UNAM, CONACULTA.

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